
¡Ay, no jodan! No me digan que ustedes nunca tuvieron el pelo largo, o nunca se pintaron los ojitos de negro, o nunca usaron correas con taches, o nunca pensaron en lo angustiante que era vivir y liberaron esa angustia buscando la guitarra más rápida y distorsionada disponible. No me digan que no se reunieron con sus amigos a hablar de metal.
La discusión alrededor de Metallica siempre fue y será tema de debate. En este preciso momento en algún lugar del mundo algún chico está diciéndole a otro que Metallica se vendió, que desde que se murió Cliff Burton esa banda no volvió a ser la misma, que es horrible que llenen estadios. Probablemente es un chico nacido a mediados de los 90 que no tuvo cómo oír discos como Kill’em All, Ride the Lightning o Master of Puppets de primera mano. Hace unos 12 años yo era uno de esos chicos. Me ponía botas negras y jeans apretadísimos, tenía el pelo largo y hablaba todo el día de música con mis amigos. La diferencia es que yo era un conciliador, que si bien reconocía el virtuosismo de los primeros discos de Metallica, solía inclinarse por los discos noventeros de la banda; aquellos en los que Bob Rock puso a Metallica a sonar como se debía.
Master of Puppets es un gran disco. Una muestra representativa de lo más lujoso del metal ochentero. No recuerdo cómo llegó a mis manos. Creo que un amigo de Manuel lo llevó a la casa y nunca volvió por él.
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